Cuando opinar es delito
No existe vestimenta islámica propiamente dicha, a excepción de la preceptiva cuando se realiza la peregrinación. No existe una vestimenta exclusiva para imames ni para musulmanes. El Islam no da uniformes. Concede un estándar, y es muy simple: modestia, dignidad y decencia. Todo lo demás es cultura, costumbres, hábitos milenarios y lo que añade la tribu de turno.
El resultado es el que nos ha tocado vivir: confusión entre religión y cultura. Muchos son de la opinión de que el Islam exige un atuendo determinado, un aspecto y una imagen determinada. No es cierto. Reducir la religión a un modo de vestir es una acción que daña el verdadero sentido del mensaje, cuyo contenido es, esencialmente, un sistema de valores. El hábito no hace al monje. El Islam no es lo que vistes, sino lo que eres.
La barba incontenida y el hiyab más ajustado no son salvoconductos que exoneren de ser interpelados por Allah. Nada de eso. La fe se viste en el corazón de las personas y se despliega en sus actos.
La confusión sobre este asunto es de una magnitud extraordinaria. Hoy, ver hiyab es ver Islam. Sin embargo, no son pocas las mujeres que lo llevan por simple tradición y cultura. El Islam es neutro. Condicionar la fe de las personas en función de su físico y atuendo es un gravísimo error.
Lo sucedido en Vigo viene a confirmar el letargo en el que viven todos estos imames low cost. Y no son una excepción. La disfunción está presente en la mayoría de mezquitas y centros de culto del país. El grueso de su actividad es mantener vigías permanentes que alerten de cualquier trasgresión de la norma por ellos establecida, que no es otra que la mujer y el hiyab.
Han construido su propio mundo. No existe el de la investigación, el del desarrollo, avance o progreso, el de mejorar la vida de las personas, en hacer de la generosidad acto de fe diario y participativo. No. Para ellos solo existe la máxima del atuendo. Es una dimensión despreciable por cuanto que reporta y denigra la condición humana. El grupo de WhatsApp del que fueron expulsadas algunas mujeres y sobre el que venimos informando es una muestra más de lo que viene aconteciendo.
En nuestro último número lo dejamos cuando el administrador pide abandonar el grupo a quienes no estén de acuerdo con las normas del Islam, es decir, da por hecho y derecho que las normas que rigen el funcionamiento del grupo son del Islam. Añade que los recién convertidos (una palabra que daña el espíritu, pues cuando se es musulmán/a ya se es musulmán/a sin más, no hay necesidad de mirar en el pasado de quienes decidieron volver a la religión natural) deben acatar las normas del Islam (que no son del Islam, sino suyas), no enseñarnos nuestra religión.
El contenido de la advertencia tiene enjundia, pues por un lado quiere dejar patente que todo lo que él hace y dice es Islam; por otro, desliza que los convertidos no tienen arraigo, por lo que no les asiste derecho alguno. Y para terminar, intenta dejar claro que el Islam es su religión en el sentido de propiedad, o lo que es lo mismo, que le asiste un título de propiedad.
La filosofía del atuendo, tanto masculino como femenino, ha propiciado un relato que no se corresponde con la verdad de las cosas, y forma parte de ese rosario de perniciosas costumbres que han venido a dibujar ante los ojos de los no musulmanes un Islam inadaptado a sus hábitos sociales. Vox no ha sido ajeno a estas cosas y ha visto en ello buena tierra para cultivar sus ideas de exclusión y rechazo. El resultado: la gente no quiere mezquitas.
El resultado debería ser otro: que la gente pida mezquitas y musulmanes a puñados, pero la gente dice que no, que de eso nada. Si todo esto no hace pensar a quienes promueven modos de vida contrarios a la modestia, a la participación social mediante acciones sinceras y de entendimiento, entre otras acciones, las cosas no mejorarán, y la gente seguirá diciendo no a las mezquitas y a los musulmanes. Algo tiene que cambiar, pero está difícil con personas como el administrador de ese grupo de WhatsApp de Vigo.
Atención a lo que escribe en el grupo:
Lapidario: mandato divino, desobediencia, ideas destructivas, despediré sin remordimientos… solo por expresar opinión con respeto y buenas palabras.
Muy a su pesar, el recto criterio y firme convencimiento de que esta no era la forma correcta de tratar a las mujeres ni de juzgarlas como elementos tóxicos, provoca que una de las participantes decida hablar (Atención):
Al hilo de esta intervención, otra de las participantes decide expresar su opinión:
Sigue
Sigue y termina
Sin embargo, estas acordes y reflexivas palabras irritan al administrador del grupo quien, en tono autoritario, se despacha furioso:
Continuará
