Ceuta y Marruecos: del color del cristal con que se mira… (1 de 2)

/ Juan Díaz - Historiador - Escritor - Periodista

/ Francia transformó por completo la jerarquía urbana y social de Marruecos. Creó de la nada metrópolis como el corazón administrativo de Rabat o el centro financiero e institucional de Casablanca, y aplicó un enfoque político y cultural basado, en un principio, en la asociación y el respeto institucional indirecto, en lugar de la asimilación o la destrucción cultural de la colonia que es lo que habían hecho hasta entonces los colonialistas

/ La Doctrina Lyautey definió, cuando menos, el rostro físico, político y social del Marruecos del siglo XX y ha llegado hasta hoy

Mientras una excelente representación de Benidorm estaba hoy ofrendando al Apóstol en Santiago de Compostela —ante el Patrón de España—, yo aquí, en Benidorm, devanándome los sesos por ese trocito de España —¡Santiago y cierra España!— que es Ceuta.

Preocupado por lo de Ceuta, ¡sí!, me fijo cada día más en Marruecos.

Quizás por lo que dejó escrito Sun Tzu, en ‘El arte de la guerra’: “Si conoces al enemigo y te conoces a ti mismo, no debes temer el resultado de cien batallas. Si te conoces a ti mismo, pero no al enemigo, por cada victoria obtenida también sufrirás una derrota. Si no sabes nada ni del enemigo ni de ti mismo, sucumbirás en todas las batallas”.

Marruecos lo sabe todo de España; España no sabe nada de Marruecos. Todo lo más, que nos come por pies, lo que es muy triste.

Hoy, para mí, la cuestión con Marruecos no es del siglo XV, sino del siglo XX; casi de esta mañana. Y esta mañana lees a Fernando Rueda… y ves que toda cuadra; y cuadra bien.

En el origen de cómo arranco esta historia hay dos personajes clave: Lyautey y El Fassi. ¿Saben ustedes quienes fueron? Empezamos muy mal, que diría Sun Tzu.

Yo siempre recomiendo optativamente haber leído al chino e impepinablamente a Yves Lacoste, un francés nacido en Fez para el que la Geografía, no me canso de repetirlo, sirve, en primer lugar, para hacer la guerra. Y eso lo sabían Lyautey y El Fassi antes de que mi geógrafo de cabecera lo dejara escrito en 1976.

Si buscan en la Internet darán con todos ellos: Sun Tzu, Lyautey, El Fassi y Lacoste; quien nos dejó en junio pasado… y tiene ya mi obituario trazado, aunque aún no ha visto la luz.

Y a lo que voy.

Louis Hubert Lyautey (1854-1934), mariscal de Francia, fue un aristócrata propio del XIX que entró en el XX con responsabilidades militares y una muy bien articulada cabeza para la política —un político de uniforme— que ha terminado en este Post por haber sido el primer Residente General de Francia en Marruecos tras la firma del Tratado de Fez.  Lyautey llegó a Marruecos en 1915 e impulsó las obras públicas, el urbanismo, la producción y la cultura, sometiendo todas las revueltas una vez que controló totalmente el Majzén (el poder central).

En 1921 fue recompensado con el rango de mariscal y en 1925, tras su “pequeño Alhucemas” en Bab Ounder el general Stanislas Naulin tomó el mando y desde el continente enviaron a Philippe Pétain que, de acuerdo con la política del premier Paul Painlevé, pasó a la acción y con España —lo negoció con Primo de Rivera— decidieron aplastar la rebelión de Abd el-Krim.

Allal El Fassi (1910-1974) nació en Fez cinco años antes de la llegada de Lyautey. Hijo de un ulema y asegurando ser descendiente de un compañero del Profeta —ahí es ná; yo mantengo mi descendencia en línea directa del mismísimo oso que mató a Favila—, se convirtió pronto en un líder místico y se doctoró en teología islámica. Tras algún encontronazo con la política colonial francesa que le llevó a prisión, en 1934 fundó el Comité de Acción Marroquí (CAM) y exigió a las autoridades francesas el cumplimiento estricto del Tratado de Fez de 1912, que Francia rechazó. En 1937 el CAM estaba desarticulado y El Fassi forzado a un exilio en Gabón. Y desde allí lo inspiró todo para crear el Istiqlal y diseñar el mapa del Gran Marruecos que sigue siendo el quid de la cuestión (y que me niego a reproducir en este post).

Sí, porque “el Gran Marruecos” es una doctrina plasmada a través de un gran mapa.

Pero esto es grave porque, ahora mismo, el artículo 42 de la Constitución marroquí de 2011, como todas las anteriores desde 1962, encomienda al monarca la garantía de la independencia y la integridad territorial del Reino “dentro de sus fronteras auténticas” (¿?). Ningún texto marroquí, constitucional o legal, define cuáles son. Y tengan en cuenta que, con esta frase, sin detalles, incorpora al derecho fundamental marroquí una doctrina territorial anterior, nunca reducida a límites precisos.

Sentado esto, vamos a los hechos y con los hechos.

Con Marruecos, el patrón es constante: presión sostenida por debajo del umbral del ataque armado, creación de un hecho consumado y negociación posterior sobre lo ya ocupado desde el mismo instante de su independencia. El incidente del islote de Perejil , en 2002, respondió al mismo esquema; pero se reaccionó. Y desde entonces siguen produciéndose actos unilaterales sucesivos que evitan el umbral capaz de activar respuestas con un gobierno como este.

Señalo: con Marruecos, el marco aplicable no es el de la gestión bilateral de incidentes, sino el del artículo 2.4 de la Carta de las Naciones Unidas y el de los principios de Igualdad soberana, Integridad territorial y Abstención del uso o la amenaza de la fuerza que enuncia el Tratado de Amistad, Buena Vecindad y Cooperación con Marruecos de 4 de julio de 1991.

Invocarlos —hoy aquí, y siempre— no es un acto inamistoso; simplemente la exigencia de cumplimiento de lo pactado.

Y arrimando el ascua a mi sardina, el Tratado de Fez es un tratado importante; pero a mí me gustaría comenzar esta historia un poco más atrás, con otro tratado: el de  Wad-Ras (1860). En realidad, los dos tratados, Wad-Ras y Fez, constituyen dos de los hitos diplomáticos y políticos más trascendentales en las relaciones entre Europa y el norte de África.  

Por el de Wad-Ras, España ampliaba sus límites territoriales sobre Ceuta y Melilla. Y, a resultas del mismo, se alteró el destino económico de aquel Marruecos.

Debo reconocer que la asfixiante indemnización de guerra —400 millones de reales— obligó al Majzén a solicitar préstamos masivos a la banca británica. Para avalar estos créditos, el sultán entregó la gestión de sus aduanas portuarias, iniciando el ciclo de endeudamiento crónico que allanó el camino para la pérdida total de independencia que se produjo ya en el Tratado de Fez de 1912.

El colapso final fue un proceso multifactorial provocado por la voracidad del imperialismo anglo-francés (repito: anglo francés) y la rigidez de un sistema estructural interno marroquí que no supo adaptarse a la apisonadora del capitalismo industrial del siglo XIX.

Las verdaderas potencias capitalistas de la época (Gran Bretaña y, sobre todo, Francia) aprovecharon la grieta para imponer un asedio financiero aún mayor a partir de tratados comerciales desiguales, el abuso de las llamadas Protecciones Consulares y los macropréstamos de 1904 y 1910.  

Para funcionar en el norte de África, en aquellos años donde aún perduraba su tradición medieval, el Majzén dependía de tributos religiosos tradicionales y de la recaudación forzosa mediante expediciones militares (harkas). Cuando las regiones ricas se ampararon en las protecciones europeas propias del siglo XX, “el Estado marroquí” de entonces ya fue incapaz de crear una estructura de recaudación moderna y eficiente de impuestos para hacer frente a la realidad; no controlaba el supuesto país.

Encima, los sectores más tradicionales y religiosos, capitaneados por los ulemas, se opusieron sistemáticamente a cualquier intento de reforma administrativa o técnica inspirada en Occidente, lo que impidió a aquel embrión de país desarrollar, cuanto menos, una economía capaz de afrontar la situación.

Y, finalmente, los cuentos de las Mil y una noches aplicados a ese rincón tan occidental de África. Sultanes como Abd al-Aziz agravaron la situación al contraer enormes deudas personales para adquirir excentricidades: juguetes modernos a vapor y armamento obsoleto facturado por comerciantes europeos sin escrúpulos a precios inflados.

Recuerdo perfectamente aquella asignatura (Compartimentación Territorial de África) que me resultó tan útil en otros trabajos sobre el Norte de África y lo que fue aquel territorio en los albores del siglo XX. Francia deseaba expansionar su imperio colonial desde Argelia y la irrupción de Alemania, que intentó frenar a Francia, provocó gravísimas crisis internacionales: las llamadsas Crisis Marroquíes de 1905 y 1911).

Y en medio de este juego de Francia, Gran Bretaña y Alemania metieron a España en el lío; y España, estando de guerra hasta el corvejón,  aún se embarcó en otras más.

Pero volvamos al mariscal Lyautey porque, aunque les duela a muchos, fue el arquitecto del Marruecos contemporáneo. Su plan impidió que el país perdiera su identidad cultural ante la apisonadora colonial pero, al mismo tiempo, cimentó las bases de esa profunda desigualdad geográfica y —especialmente— social que sigue arrastrando el país en el siglo XXI. Que la culpa no es del cha-cha-chá.

Francia transformó por completo la jerarquía urbana y social de Marruecos. Creó de la nada metrópolis como el corazón administrativo de Rabat o el centro financiero e institucional de Casablanca, y aplicó un enfoque político y cultural basado, en un principio, en la asociación y el respeto institucional indirecto, en lugar de la asimilación o la destrucción cultural de la colonia que es lo que habían hecho hasta entonces los colonialistas.

La Doctrina Lyautey definió, cuando menos, el rostro físico, político y social del Marruecos del siglo XX y ha llegado hasta hoy.

Con la Doctrina Lyautey la institución monárquica marroquí sobrevivió a la era colonial y salió reforzada tras la independencia, pero ahondó aún más, si cabe, la histórica fractura socioeconómica entre el litoral útil de las colonias francesas y las periferias rurales disidentes (el Bled al-Siba), que fueron reprimidas militarmente. Lyautey prefería la negociación, el avance político lento, el pacto con las tribus locales y el uso medido de la fuerza. Pero en 1925 esta doctrina dejó de funcionar ante la insurrección kabileña y  Pétain llegó a Marruecos declarando abiertamente que él “hacía estrategia, no política”: desplegó un ejército colosal de 150.000 soldados franceses, fuertemente armados, decenas de aviones y centenares de cañones de una artillería modernas que acabó con la revuelta rifeña forzando la rendición de Abd el-Krim en mayo de 1926.

La caída del líder rifeño no significó el fin de la resistencia marroquí, sino una profunda metamorfosis estructural: marcó el fin del histórico nacionalismo tribal, guerrillero y armado, y dio paso al nacimiento del nacionalismo urbano, civil y moderno, que tres décadas más tarde conseguiría la independencia total del país.

La derrota militar de la guerrilla de Abd el-Krim demostró a las élites intelectuales marroquíes que la fuerza de las armas tradicionales y el aislamiento tribal ya no podían derrotar a los ejércitos industriales europeos. Entonces, el testigo de la resistencia pasó de los guerrilleros del Rif a los jóvenes universitarios, burgueses y ulemas de las grandes ciudades (Fez, Rabat, Casablanca).

Y, sorprendentemente, a partir de 1926, por primera vez en siglos, todo el territorio geográfico de lo que desde Europa se considera que es Marruecos quedó unificado bajo una única autoridad administrativa real controlada tanto por el Majzén como por las potencias coloniales. Hasta 1926, el sultán de Marruecos nunca había gobernado realmente sobre Bled al-Siba: el Rif y las montañas del Atlas.

Así llegamos a Al Fassi y el nacimiento del Istiqlal gracias a una nueva generación de jóvenes nacionalistas —influenciada por el panarabismo y las ideas democráticas francesas— que fundaron varios movimientos políticos modernos que llevarían a la fundación del Partido del Istiqlal (Independencia).

La IIGM tuvo su papel. Marruecos fue punto de desembarco de la Operación Torch (noviembre de 1942); el Protectorado estaba la órbita de la Francia de Vichy y aquello suponía atacar al III Reich.

Al-Fassi y los suyos esperaron la oportunidad y en cuanto estuvo encaminado el resultado de la guerra en Europa, en Rabat, el 11 de enero de 1944, Al-Fassi presentó ante el sultán y los cónsules generales de EE. UU. (Feliz Cole) y Reino Unido (Francis Stone Bird) el manifiesto del partido Istiqlal firmado por los más importantes líderes nacionalistas marroquíes. En el manifiesto del partido Istiqlal se solicitaban la independencia del país en su integridad territorial y bajo la égida del sultán Mohammed V, así como la adhesión de Marruecos a la Carta Atlántica y su participación en la Conferencia de Paz. Reconozcamos que siempre han sabido jugar muy bien sus bazas. Francia fue absolutamente puenteada y ninguneada. Es más: los nacionalistas se apoyaron en la promesa implícita de descolonización que el presidente Franklin D. Roosevelt le había hecho al sultán Mohamed V durante la Conferencia de Casablanca en 1943, pasándose por el arco del triunfo los intereses de París.

Pero la reacción oficial de los diplomáticos angloamericanos ante el Manifiesto de Independencia de Marruecos fue de cautela extrema, frialdad e incomodidad; que los de abajo consiguen escribir y que quede lo que ellos quieren; pero están los archivos.

No obstante, Francia y España —¡Olé, qué visión de la jugada!— habían apuntalado la figura del sultán Mohamed V en 1927 creyendo que sería un títere dócil para mantener calmada a la población tradicional tras las turbulencias de la Guerra del Rif. Pero el sultán les salió rana y se unió al nacionalismo. En lugar de aislarse en el Palacio, Mohamed V se alineó de forma clandestina con los herederos políticos del descontento de Abd el-Krim y los intelectuales urbanos que proliferaban como moscas gracias a la implantación de modernos sistemas de educación bajo el dominio francés del Protectorado, que estaba formando a las élites de país. Lo de siempre: ¡qué malo es leer!; aunque es mucho peor saber interpretar lo escrito.