LA FE SE MANIFIESTA EN LOS ACTOS

Burka-Niqab: cuando la ambigüedad se convierte en complicidad

* Por Marian Aretio, secretaria general de la Asociación de Consumidores Halal, ACOHA

“Solo hay una pequeña parte del universo que sabes con certeza que puedes mejorar, y es tú mismo”, Aldous Huxley

* Las comunidades islámicas deben rechazar abiertamente cualquier vínculo del burka y el niqab con el Islam

* No existe base religiosa que exija cubrir el rostro

* Erróneamente a lo que se difunde, no es un debate entre libertad religiosa y seguridad, es, ante todo, un atentado a la dignidad entendida ésta como virtud humana

* La imagen de una mujer cuyo rostro permanece oculto en el espacio público afecta directamente a su presencia social y a su capacidad de interlocución

No existe vestimenta islámica propiamente dicha salvo la relativa a la de uso en la peregrinación.  El burka y el niqab nada tienen que ver con el Islam; menos aún,  establecerlo como un precepto. Son condicionantes étnicos y culturales que buscaron fresco a la sombra del Islam. Decir que son símbolos religiosos es decir mucho, pues si fueran símbolos todas las mujeres musulmanas tendrían que llevarlo para identificarse como tales. Para mayor abundancia, incluso del hijab habría que reconsiderar su calidad de signo musulmán, pues muchas mujeres no lo llevan y no por ello dejan de ser musulmanas, así como otras que lo llevan y sus incumplimientos con lo básico son manifiestos.

Vemos esposas e hijas de líderes musulmanes que no lo usan, y no por ello podemos decir que son ajenas al Islam. Es absurdo. El hábito no hace al monje, ni a la monja.  El burka, el niqab y el hijab tampoco. La fe se personifica en los actos. En el corazón es donde anidan los más nobles  sentimientos. Existen numerosas aleyas en el Corán que dejan bien claro en lo que se fija Dios.

Las últimas iniciativas planteadas por grupos políticos de la derecha y la ultraderecha española sobre el uso de prendas aparentemente musulmanas  responden a una estrategia política de enaltecer los populismos y ganar adeptos entre sus filas, con argumentos como discriminación hacia la mujer y seguridad mayormente, razonamientos que tienen como eje la imposición del hombre señalando a la mujer como víctima de ese dominio.

Unos partidos que realmente no son los más adecuados para hablar de feminismo ni derechos de las mujeres cuando niegan la violencia de género, los asesinatos de niños por violencia vicaria, la desigualdad salarial, los techos de cristal, la carga de los cuidados, etc.

La cuestión no es una simple tensión entre libertad religiosa y seguridad, sino que interpela directamente a la dignidad y a la igualdad de las mujeres

Pero lo que verdaderamente es inaceptable es la estrategia de ambigüedad calculada de esos supuestos representantes “islámicos” cuya equidistancia no es inocente y que, en la práctica, termina legitimando estas prendas.

CIE, FEERI, FEME o la mezquita de la M-30. El problema no es solo lo que dicen, sino lo que evitan decir

En los distintos comunicados, declaraciones o entrevistas vertidas, ninguno de ellos se ha atrevido a decir claramente que ni el burka ni el niqab tienen nada que ver con el Islam; menos aún, negar que sean expresiones religiosas de fe devota. Al contrario, todos ellos han minimizado el asunto eludiendo el núcleo central del debate y trivializando la cuestión mediante comparaciones con prendas de abrigo o accesorios urbanos, denotando una falta de sensibilidad apabullante hacia el significado simbólico que supone cubrir completamente el rostro.

La verdad es que tanto a la mal llamada Comisión Islámica como a la invisible FEERI y la intrascendente FEME, lista a la que hay que añadir el arrogante desparpajo del imam de la mezquita de la  M-30,  las mujeres les preocupan más bien poco, pasando de puntillas sobre el asunto desdeñando que es un uso “inexistente, insignificante y estadísticamente ínfimo; que no constituye un problema estructural de convivencia ni de seguridad pública”, y para más inri que el debate no debe centrarse en la naturaleza teológica de esa práctica pues entienden que no genera “perjuicios al orden público ni a terceros”.  Así despachan el asunto estos “líderes” de bolsillo.

A su vez, FEERI se escuda en que “este fenómeno marginal es amplificado políticamente generando un clima de sospecha y señalamiento hacia una minoría religiosa que representa más de dos millones y medio de ciudadanos en España”, mientras que la Federación de Musulmanes de España, FEME,  declara que “el uso del niqab no supone problema alguno que pueda validar la restricción de su uso”,  reiterando que “dicha prenda no supone una amenaza o un daño al orden público”,  para acabar validando estas prendas como “expresiones religiosas de un colectivo”, es decir, que para FEME son signos religiosos.

Trivializar con un gorro, mascarilla o pasamontañas es burlarse de las mujeres

Por su parte, el imán  responsable de asuntos religiosos del Centro Cultural Islámico de Madrid, mezquita de la M-30, se  ha lucido justificándolo con una  estúpida analogía con el uso de  ropas de abrigo en invierno “Si se prohíbe el niqab, mucha gente no podrá ponerse una gorra y una braga de cuello”. A su juicio se trata de “un problema que no es real”. Este no es el Imamato del que hablaba Ibn Hazm.

Con esta ristra de argumentos irracionales estas entidades que se definen como “musulmanas” normalizan la imposición de cubrirse la cara, codeándose con posturas que en nada benefician ni a la mujer ni a ninguna religión.

Lo que sus palabras vienen a decir es que están a favor de reforzar dinámicas de aislamiento y subordinación, legitimando la anulación visual de la mujer, joven o niña como símbolo de piedad y agrado masculino.

El elemento indisoluble que caracteriza a una persona es su rostro. En él se expresa su identidad, su singularidad y su dignidad. El rostro descubierto permite reconocer a cada individuo como único y distinto. Es la base de cómo nos identificamos, nos reconocemos y nos comunicamos entre nosotros.

Cuando el rostro se oculta, esa individualidad se diluye. La persona se sustrae al reconocimiento y pasa a convertirse en una figura anónima, despersonalizada en una sombra sin voz. Al borrar la singularidad del individuo, el ocultamiento del rostro rompe uno de los principios más elementales de la vida en sociedad: mostrarse como alguien identificable  y responsable de su presencia en el espacio público.  Ese velamiento termina por convertirse en una barrera: un muro que dificulta la relación con los demás, limita la participación en la vida pública y debilita el tejido social. En definitiva, una forma de ruptura silenciosa con las reglas básicas de la composición e interacción social.

Ocultar el rostro de forma sistemática en el espacio público plantea interrogantes legítimos sobre identidad, visibilidad e igualdad

Los santos varones que lideran esas entidades se creen fuera de toda responsabilidad alegando que su presencia es residual; pues bien, aun siendo algo “estadísticamente irrelevante”, no deja de ser importante, pues donde antes no se conocía ninguna mujer velada, ahora empieza a visibilizarse en nuestras ciudades. Es preocupante, por ellas y por las hijas que seguirán sus pasos.

Curiosamente, todos coinciden en que la defensa de la dignidad y los derechos de las mujeres no debe traducirse en medidas que puedan derivar en estigmatización o exclusión, olvidándose de que son ellos mismos los que inducen a la victimización primera desde sus púlpitos.

Se da la paradoja que, mientras estos representantes islámicos aplauden que estas mujeres se anulen como símbolo de fe pura, ellos se presentan trajeados, presumiendo corbatas perfectamente anudadas, luciendo sus anillos y relojes dorados perfectamente visibles, y barba cuidadosamente recortada. Cualquiera diría que visten para promover su imagen, causar buena impresión y distinguida cordialidad o, lo que es lo mismo, reclaman su espacio y reconocimiento público. Algo que, sin duda, niegan hipócritamente a las mujeres relegándolas al ostracismo social. Son éstas posturas radicales, extremas en su consideración hacia la mujer, las que atentan contra el Islam y la propia dignidad humana. Cerrar los ojos no es opción.

Es una cuestión cívica. Una sociedad que aspira a garantizar la voz de las mujeres debe examinar con cuidado cualquier práctica que contribuya a su invisibilización

Esta agresión no tiene amparo bajo la libertad religiosa y de culto reconocida por la Constitución Española; tampoco en la defensa de la imagen y honor individual como práctica cultural de algunos países, pues la cultura potencia las capacidades de las personas, no las recluye o anula. Las libertades, derechos fundamentales y límites democráticos son claros.

El artículo 10 de la Constitución Española establece que la dignidad de la persona es un principio fundamental del orden político y de la paz social, y se enfatiza que todas las leyes y acciones de los poderes públicos deben respetar y proteger la dignidad de cada individuo, lo que implica un compromiso de garantizar los derechos fundamentales de todos

Mientras el mundo busca soluciones para los muchos desafíos que enfrenta, los “líderes musulmanes” o, mejor dicho, los que la tómbola de la ineficacia dio a los ciudadanos musulmanes de España -y que aún  tienen la suerte de poder  hablar-, se sumergen en océanos de ambigüedad, siendo parte del problema y no de la solución.

Estos responsables de los asuntos de los musulmanes  no son ajenos a la situación de desconsideración y de rechazo que se vive en la sociedad española, que ya identifica cualquier prenda con la pertenencia a una determinada religión. Su consecuencia más inmediata es que cualquier acción incorrecta socialmente se atribuya a la religión: un daño colateral que nunca debería producirse, pero son ellos, éstos que se manifiestan como interlocutores y representantes de los musulmanes de España quienes han promovido –y permitido- que el Islam sea señalado como religión del pasado y como herramienta de exclusión femenina.

El cubrimiento integral del rostro femenino en contextos donde no existe necesidad climática ni sanitaria tiene una carga simbólica, social y de género evidente. Las comunidades islámicas deben repudiar esta práctica y dejar de utilizar la libertad individual y religiosa como escudo retórico. No pueden maquillar el ultraje a la dignidad, igualdad de género, seguridad y cohesión social bajo pretexto religioso. El universo de estas personas es tan limitado y tan pernicioso que las consecuencias las vivimos a diario. A su pesar, la igualdad efectiva entre hombres y mujeres se construirá con ellos o sin ellos.