sábado 04.07.2020

Dos mujeres, dos Españas

* Opinión

* Doctor Francisco López Porcal

 
 

Ocurre en ocasiones que al finalizar una lectura y cerrar el libro se tiene la sensación de que todo está dicho. No hace falta añadir más a la historia porque de lo contrario sobraría. Esta puede ser la conclusión a la que se llega después de haber examinado Señora de rojo sobre fondo gris (1991) de Miguel Delibes. Nunca en tan breve texto se podía decir tanto con la habitual sobriedad estilística y precisión designativa de su autor en una obra que, entre tantos títulos pendientes de abordar, uno descubre o redescubre pese al tiempo transcurrido desde su publicación. Tal vez por tratarse, como señalan Jordi Gracia y Domingo Ródenas en Historia de la literatura española. Derrota y restitución de la modernidad (2011), de un título menor aunque nada desdeñable que profundiza en líneas temáticas abiertas años atrás en La hoja roja (1959), la soledad que acompaña a la jubilación, aunque ahora contemplada en la obra que nos ocupa, desde la experiencia personal del novelista.

De nada sirve el falso burladero de un acreditado pintor creado por el propio autor cuando el lector pronto se olvida de la ficción y se dispone a escuchar directamente al escritor vallisoletano en lo que viene a ser una novela autobiográfica en forma de soliloquio con una fuerza emocional extraordinaria. En el monólogo dirigido a su hija Alicia, presa por motivos políticos en el Madrid previo a la Transición, Señora de rojo recuerda a las meditaciones de la epístola de Adriano a su sucesor Marco Aurelio en un texto no exento, como en la obra de Marguerite Yourcenar, de esa melancolía del mundo antiguo a la que aludiera Gustave Flaubert en su Carta a Madame des Genettes (1861). Porque Delibes, como cabría esperar del hombre moderno, no busca la inmortalidad más allá del abatimiento de su oscuro vacío. Para los antiguos, ese agujero negro era el infinito en sí, pues en Señora de rojo, al igual que Flaubert manifiesta en su Carta, “no se oyen gritos ni se producen conmociones, sino que tan solo existe la fijeza de una mirada meditabunda.”

A través de las confesiones que conforman el retrato elegiaco de su esposa, el lector conoce el lado más intimista de Delibes por oposición a los rasgos espontáneos de una mujer carismática y de gran temperamento:

“Ella era equilibrada, distinta, exactamente el renuevo que mi sangre precisaba”

Si en Cinco horas con Mario el monólogo se convertía en una continua recriminación de Carmen, la Menchu, hacia su difunto esposo, en Señora de rojo el reproche se vuelve contra el propio pintor-escritor. Así, en una actitud dolorosa deplora su mezquindad por no haber estado a la altura de una esposa vital, de notables habilidades sociales, extrovertida, alguien que había sido capaz de forjar entre bastidores la reconocida figura en la que se había convertido su marido:

“Pero, un día adviertes que aquel que te ayudó a ser quien eres se ha ido de tu lado y, entonces, te dueles inútilmente de tu ingratitud”

Ahora, ante su ausencia, el pintor-escritor confiesa su incapacidad para levantarse de un vacío que había aprendido a combatir con una copa con el fin de convertir su cuerpo “en una suerte de porosidad flotante” sin que ello fuera la solución para revertir el yermo en que había mutado su ingenio artístico. Un desierto de fecundidad artística iniciado cuando la enfermedad de Ana, el personaje que encarna a su esposa, caminaba lentamente hacia su dramático final. En este sentido el lector descubre hasta qué punto el control del desarrollo emocional resulta decisivo en una persona, y no digamos en su aspecto creativo. Una duda, pues, planea en la mente del pintor-escritor acerca de esta cuestión. La de su posible egoísmo en una disyuntiva existencial encerrada en un círculo vicioso, o siente piedad por ella o por él mismo, o por ambos:

“Me enfurecía porque ella se estaba muriendo y nunca podría volver a pintar. ¿Era, tal vez, esto último el motivo de mi angustia? ¿De quién me compadecía entonces, de ella o de mí?”

Puesto que Ana era el motor de su vida, el lector puede preguntarse por qué se lamenta de su ingratitud con ella, ¿tal vez ante la evidencia de haber malgastado tantas horas en los mundos de ficción sabiendo que ella a pesar de todo estaría siempre ahí, con su actitud vigilante y protectora? También Ignacio Soldevila en Historia de la novela española (1936-2000) Vol I (2001), se hace eco de un ánimo derrumbado incapaz de volver a vivir la vida de la misma manera. En su aspecto esencial constituía un punto final “una ausencia insuperada, y un adiós a la vida, acabada y perfecta, y sin supervivencia posible tras su mutilación inicial. Pero no adiós a la literatura.”

Y ese dolor se vuelve más agudo cuando traspasa la conciencia de un lector que inevitablemente se solidariza con el autor. Suele pasar a menudo en el mundo de los vivos no disponer del momento adecuado para desnudar el alma, decir lo que se podía haber dicho y nunca se dijo. Una imposibilidad que en palabras de Delibes constituye “una de las limitaciones más crueles de la condición humana.” La señora de rojo era todo un baluarte, una auténtica fortaleza para resguardarse de esa mirada hostil que aguardaba al pintor-escritor entre el auditorio y que con la insinuación de su mirada parecía sugerirle, sigue, no pasa nada. Una señora de rojo cuya salud se extinguía como la cera de una vela en un duelo con otra vida, la del general Franco en las caballerizas de El Pardo. La lenta agonía de Ana coincidía así con el alumbramiento de otra España, lejos del color gris del patio de la cárcel de Carabanchel, de los bisbiseos del locutorio donde los familiares acudían al encuentro de los presos que volverían luego a las jaulas de la galería y de los jerséis con cuello de Marcelino Camacho, abiertos por delante con una cremallera.

Delibes en sus dos monólogos, Cinco horas con Mario y Señora de rojo sobre fondo gris, dibujó dos antítesis de mujer. Mientras Carmen es el prototipo de burguesa clasista, que rinde culto a las apariencias y ambiciona un reconocido estatus social, Ana es lo contrario, huye de reconocimientos y adulaciones para entregarse, no solo a su marido, sino también al necesitado por igual:

“Atendía a todos, lo mismo a los viejos, con sus cominerías, que a los adolescentes con sus equívocas intimidades”.

Dos mujeres, escribió en su día el autor castellano, que de alguna manera podemos considerar representativas de la España de la segunda mitad del siglo XX. Por supuesto, Delibes se quedaría con el segundo retrato de mujer, el que sorprendió por su entereza a un asustado pintor-escritor cuando derrumbado en su debilidad escuchó de labios de su esposa en un alarde de generosidad toda una absolución hacia una ¿imaginada? ingratitud y mezquindad de un hombre aturdido porque se apagaba el motor de su vida: "Hoy estas cosas tienen arreglo", dijo. "En el peor de los casos, yo he sido feliz 48 años; hay quien no logra serlo cuarenta y ocho horas en toda su vida".

Dos mujeres, dos Españas
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