lunes 30/11/20

Benidorm, mástiles y palmeras

* Opinión

* Por Francisco López Portal - Escritor

 
 

En los años setenta del pasado siglo salió al mercado una atractiva colección de libros de ciudades españolas publicados por la Editorial Everest. Eran de un formato manejable, de unos doce centímetros de ancho por diecinueve de largo. Pero sobre todo tenían un atractivo a la vista del lector: las tapas reproducían a todo color fotografías panorámicas o iconos de la ciudad que anunciaban. Supongo que estarían a disposición en las librerías más céntricas de cualquier ciudad. En Valencia podían contemplarse -y digo contemplar porque es un placer observar un libro, tomarlo entre las manos, ojearlo, olerlo, escuchar el crujiente chasquido de las páginas al pasar y así sucesivamente-  en lugares tan emblemáticos ya desaparecidos como Maraguat y Bello, que disponían de grandes mesas donde permanecían expuestos junto a otros títulos para ser consultados por los lectores.

El texto de estos libros no constituía en sí una guía turística, dicho sin acritud, sino un instrumento útil y bien manejado por el autor para introducir al lerctor en el conocimiento del lugar desde una visión histórica y cultural con un aire literario, incluso a veces lírico en la descripción de determinados enclaves y ambientes. No en vano en este proyecto participaron periodistas y escritores de renombre. Madrid, por ejemplo, era contada por Lorenzo López Sancho, asiduo a las tertulias de poetas del Café Gijón y en palabras de Umbral, maragato europeísta, leonés pasado por Galicia y por París que desarrollaba un periodismo variado y bueno, deportes, cine, teatro, crónica municipal, muchas cosas, siempre bien y con calidad. Valencia era vista a través de Francisco Almela y Vives, cronista oficial de la ciudad, poeta e investigador sobre temas históricos valencianos y Murcia ensalzada por el periodista y escritor José Ballester Nicolás, que ejerció su actividad en el diario La Verdad, en cuyo suplemento colaboraron muchos de los escritores de la generación del 27. Manuel Bendala Lucot ensalzaba Sevilla, Pascual Maisterra describió Barcelona o Máximo Regidor mostraba la austera Valladolid, y así una larga lista de escritores vinculados a sus respectivos ámbitos geográficos que abarcaban creo que a la totalidad de las capitales de provincia.

Benidorm me parece que fue una singularidad en esta colección, porque sin ostentar capitalidad alguna, destacaba su proyección internacional desde su génesis turística. Quizá esta fue la razón que le valió formar parte de estas publicaciones. De la ciudad benidormí se encargó Vicente Ramos Pérez, periodista de Guardamar del Segura, de premiada obra poética con Elegías del Guadalest y ensayos literarios como Vida y obra de Gabriel Miró. Las primeras páginas de Benidorm (Everest, 1970) nos acercan a sus confusos orígenes de leyendas e hipótesis. Ramos se pregunta con qué nombre designaron los antiguos este paraje de delicias. Así, entre la niebla del pasado remoto, el autor nos remite hasta los únicos datos rigurosos existentes, el de Benidarhim, nombre árabe con que los señores del lugar, en palabras del historiador Gaspar Escolano, comenzaron a llamar a esta tierra que se adentra en el mar, Alig, también en lengua arábiga, aludiendo al caserío dominado por antiguo castillo.

Adquirí esta obra al poco de editarse en mis visitas de adolescente perdido en las librerías. Tanto era así que, debido a las largas estancias en una de ellas, Maraguat, en plaza del Caudillo hoy Ayuntamiento, una de mis favoritas, me llamaron la atención las señoras que con su guardapolvo gris de trabajo vigilaban desde las alturas cualquier hurto por parte de los clientes. ¿Se robaban libros antes y ahora? Por mi parte nunca lo hice, pero Umbral si tenía ocasión robaba alguno, al menos así lo reconocía durante sus bohemios tiempos literarios en el Madrid de los sesenta. Aunque pienso que en el fondo lo que les molestaba era mi prolongada estancia sin comprar nada, no iba hacerlo siempre, claro.

Ojeando Benidorm, de Ramos, el lector inicia un viaje al pasado, el de los ilusionados inicios turísticos en el que la Avenida Mediterráneo se mostraba incompleta entre resecos campos de almendros y algarrobos. Fotografías que ilustran la estética de aquellos años de tablaos flamencos y salas de fiesta, de toros y canciones festivaleras, como las de aquellos dos jóvenes dinámicos que cantaban a los enamorados, a los que querían ser uno para el otro, algo así como aurora boreal para conseguir las estrellas y ponerlas a sus pies …

El autor de Guardamar incide en sus páginas en el primitivo pueblo que hoy nos lega tortuosas calles de blancas paredes y curiosa toponímia, Carreró del Gats, Carrer del Forndel Mal pas, descubiertas en su día por la curiosidad de los primeros turistas extranjeros, o no, atraídos por las tiendas de mimbres y los primeros restaurantes que ofrecían las delicias marineras del lugar. De todas formas, me quedo con dos instantáneas llenas de nostalgia. Una de ellas muestra a dos turistas de aspecto centroeuropeo, captados de espalda, dirigiéndose hacia la zona antigua por un estrecho paseo entre bañistas y automóviles de la época. Al fondo, emerge del pasado la torrecilla de la iglesia y el azul bruñido de su cúpula. La otra fotografía recoge un claroscuro en el port benidormí, entre mástiles y palmeras, sobre cuyas aguas la luz del crepúsculo procedente del Puig Campana, desciende en una pátina dorada sobre las tranquilas aguas sembradas de veleros.

La alusión inicial a los libros de Everest pretende ser una invitación a entrar en las librerías, las del barrio, las de toda la vida, las de libros antiguos que viven una segunda oportunidad, como los del polvoriento cementerio de los libros olvidados de Ruiz Zafón. Para el buen lector el tiempo se detiene curioseando en los anaqueles y en las mesas expositoras con el inconsciente deseo de ampliar sus conocimientos. En esa búsqueda goza de la posibilidad de hallar tesoros ocultos, pequeños y grandes, ediciones perdidas, extinguidas en la noche de los tiempos que esperan ser rescatadas para ser revividas a la luz del día.

Benidorm, mástiles y palmeras
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