jueves 15/4/21

No obtenemos sino lo que esperamos

* Opinión - Carlos Usón Villalba - Profesor

* "Estudiando, no sólo adquirimos conocimientos para ganar más dinero, nos enriquecemos en sabiduría para poder ayudar a mejorar las condiciones de vida de nuestros iguales" 

 
 
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He sido profesor de matemáticas un amplio periodo de mi vida. Parte del cual lo he pasado en centros con un elevado porcentaje de alumnas y alumnos hijos de inmigrantes.

Hace años, cuando las notas aún eran numéricas, leí un artículo titulado “El 4’95”. Además de hablar de lo frustrante que puede ser esa nota como colofón de un examen, relataba un experimento en el que, a principio de curso, la Jefe Estudios instruía al profesorado de tres grupos, que llamaremos 1A, 1B y 1C. De 1A sólo contaba pestes, académicamente hablando. De 1B todo eran elogios y de 1C no hacía consideración alguna. Eran tres grupos con una composición homogénea. El alumnado no había sido seleccionado con criterio alguno. En la primera evaluación, los hechos dieron la razón a los prejuicios. El promedio de notas de la clase A era sensiblemente inferior al de las otras dos, mientras el del B era notablemente superior. Las expectativas del profesorado habían determinado el resultado académico de sus estudiantes.

Más allá de la escasa seriedad científica del experimento, resulta claro que la consideración que tenemos de nuestro alumnado, de nuestros hijos e hijas, lo que esperamos de ellas, estimula, en uno u otro sentido, su trabajo. No es determinante, eso está claro, los hay con mucho pundonor que son inmunes a nuestras críticas e incluso a los halagos inmerecidos. 

En estos largos años de docencia, ese alumnado, en su mayoría, ha tenido resultados mediocres independientemente de su inteligencia. He intentado estimularlos/as para que realizaran estudios superiores, todo ha sido en vano. Les faltaba motivación para vencer la pereza que da esforzarse para sacar buenas notas. ¿Les faltaba acaso motivación para implicarse en su futuro? Problema muy habitual entre los (sobre todo los) adolescentes. No, tenían las cosas muy claras: estudiar Formación Profesional y poner un taller. Una aspiración muy marroquí, poco europea. Una motivación que nacía de la familia, digo más, era de la familia, no de ellos.

Hace unos años, en el certamen Jóvenes Investigadores conocí a Nasira. Una joven de origen marroquí ganadora del primer premio (6.000 €) con un trabajo de investigación sobre los cuentos a uno y otro lado de El Estrecho. A esta chica, cuando cursaba cuarto de secundaria, su tutora le entregó el consejo orientador en el que le recomendaba estudiar un ciclo de formación profesional. Pero, sus aspiraciones, y su orgullo, claro está, aceptaron el destino marcado por la profesora como un reto. Estudió derecho. Se licenció con excelentes calificaciones. Se casó, se trasladó con su marido a Canadá y volvió a estudiar derecho allí puesto de poco o de nada le servía su conocimiento de las leyes españolas. Durante la carrera vino al Instituto a tratar de convencer a estos chicos y chicas de que merecía la pena cursar estudios superiores. Los y las estudiantes se arremolinaban a su alrededor entusiasmados, pero… ninguno de ellos modificó sus expectativas. Estaban tan interiorizadas que de nada servía ni mi porfía ni el ejemplo de Nasira.

No soy nadie para sugerir a otro lo que debe estudiar, pero si me gustaría hacer conscientes a los padres y madres que las expectativas de sus hijos, en gran medida, vienen determinadas por las suyas. Desarrollar las cualidades intelectuales de cualquier persona es una obligación moral. No se puede despreciar las potencialidades que nos ha concedido la naturaleza. Ni desdeñar los dones divinos, si se es creyente. Es un compromiso con uno mismo, pero también con la comunidad en la que vive. Estudiando, no sólo adquirimos conocimientos para ganar más dinero, nos enriquecemos en sabiduría para poder ayudar a mejorar las condiciones de vida de nuestros iguales. Hay que aprovechar todas las posibilidades que nos ofrece el entorno. Pero hay que ser capaces de verlas. El conocimiento del urdu, el punyabí, la lengua árabe o cualquiera de sus dialectos, es un valor añadido a la formación de nuestras hijas e hijos, es absurdo renunciar a él.

No obtenemos sino lo que esperamos
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