lunes 19.08.2019

Convivencia

* Tirar de la palabra convivencia y de mensajes apocalípticos no es solución

La palabra convivencia se ha convertido en protagonista en la campaña electoral, tanto que el presidente de la ciudad llegó a calificarla como vital para que la vida fluya y se mantenga, añadiendo que "de dividirse la ciudad en dos sería señal de que hemos cavado nuestra tumba".

Es un mensaje apocalíptico y no muy sincero, ya que también contiene una alta dosis de electoralismo, propiciado todo ello por los malos resultados obtenidos por el PP en las elecciones  del 28A.  El presidente tomó conciencia de su declive después del 28A, así como que decidió poner en marcha acciones tendentes a revertir la situación.

Fue después de los resultados del 28A cuando el presidente decidió utilizar la palabra  convivencia de forma recurrente, una fórmula que busca en todo momento transmitir que él y la opción política que representa son los que realmente garantizan la estabilidad social de la ciudad, es decir, que sin Vivas y el PP  llegará el caos y la guerra civil. Y si eso fuera poco, añadió que peligraban las nóminas.  Se fueron Aznar y Rajoy y España no perdió fuelle, no así el PP de Casado y su máster.

La consigna no es otra que meter miedo en los electores, como hacían antaño con la inmigración y con el país vecino y sus gentes. Los argumentos cada vez son menos y ya escasean, sólo queda eso: prevenir sobre la falta de convivencia. Más pobre de alma no se puede ser, porque de nómina ganan más ellos. 

La convivencia no consiste únicamente en llevarse bien, con sonrisas y palmaditas en el hombro  y que no pase nada. La convivencia es algo más serio y es un pilar básico en toda sociedad civil. La convivencia exige asiento sobrio, casi granítico, de modo que su piedra angular no conozca movimientos vibratorios y de ningún otro tipo. Se trata de repartir con equidad, de gastar con soltura y, a la vez, haciendo causa con la contención, de ofrecer oportunidades para todos, promoviendo publicidad, mérito y capacidad.

Cualquiera puede constatar con una simple visita a la periferia la enorme desproporción que existe entre centro y extrarradio.  Y no solo en cuestiones de ciudad, también está el tema de los favores y de las colocaciones de amigos. Ya sea en Cruz Roja o como asesor de servicio. Todo está planificado para que ninguno de ellos se quede fuera.

En el Príncipe hay personas mayores que no salen de sus casas porque los accesos no son para personas con dificultades por edad o enfermedad, a lo que hay sumar infravivienda, falta de dotaciones básicas, un simple lugar de encuentro, etc., y así en otros muchos lugares de una ciudad que el presidente dice amar con locura.

El centro, en cambio, sufre renovaciones millonarias, obras cuya ejecución se regula con mando electoral, y cuya terminación está dejando a muchos totalmente sorprendidos por la poca talla de calidad de su diseño, incluidas unas farolas millonarias y tan rebuscadas y de tan mal gusto que merecen Juzgado.

La convivencia también es promover la cultura, acercarla a quienes más la necesitan; sin embargo, para acceder a un libro o bien para poder estudiar un rato, hay que desplazarse hasta la otra punta de la ciudad, lo que causa desgana y mutila todo deseo de leer o estudiar.

La convivencia también es promover la cohesión social entre todos los que conforman la comunidad social de la ciudad, independientemente de su condición cultural y religiosa, pero nunca se pensó en un día para la convivencia, pero ahora sí, y es porque las cosas no le van bien al presidente y a su partido.

La convivencia que ha preconizado el presidente durante sus 18 años de mandato no es más que un sucedáneo que ha demostrado su palmaria desfachatez y que es de una naturaleza inservible.  Ceuta no puede ser más pobre de lo que es, tampoco puede seguir tan vacía de cultura como lo está; menos aún, tan falta de fe en el futuro. El PP sólo trajo paro y desolación. Y de eso también están convencidos ellos mismos, aunque no se atrevan a decirlo, y eso se nota en su falta de actitud antes las elecciones del 26M, tal vez convencidos de que su ciclo llegó a su fin.

Lo malo no es que se vayan y se lleven con ellos sus malas costumbres, no. Lo malo es lo que dejan, el trabajo que dejan para poder levantar una de las ciudades más endeudas de España, una de las más pobres de Europa.

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