martes 26.05.2020
Coronavirus COVID-19

Chicago: Un panel de grandes dimensiones recuerda las recomendaciones del Profeta Muhammad (sws)

* Las recomendaciones del Profeta Muhammad (sws) siguen siendo válidas a día de hoy

 
 
Chicago: Un panel de grandes dimensiones recuerda las recomendaciones del Profeta Muhammad (sws)

En Chicago, la asociación musulmana Gain Peace, que promueve la verdadera cara del Islam al público en general e intenta  disipar los malos conceptos que alteran su mensaje y comprensión, instaló publicidad de gran tamaño para promover un mensaje de conciencia en  beneficio del público en general durante este periodo en el que el coronavirus está haciendo estragos en  los Estados Unidos.

"Lávese las manos con frecuencia. No salga de las áreas infectadas y no entre en las áreas infectadas", se puede leer (en inglés) en el rótulo de grandes dimensiones. Este mensaje está inspirado en los siguientes hadices: "Cuando te enteres de que la epidemia está declarada en un país, no vayas allí; pero si se desata en el país donde estás, no abandones este lugar para huir" - [Bukhari y Muslim].

El Profeta Muhammad (sws) exhortó a evitar mantener en una misma habitación a una persona enferma y otra sana. Una medida que ha sido puesta en práctica en casi todos los países del mundo afectados por la enfermedad para frenar la propagación de Covid-19.

Las recomendaciones del Profeta (sws) cumplieron algo más de 1440 años.

El lavado de manos

El Profeta Muhammad (sws) hizo cierto aquello de que el agua es fuente de vida, más aún si está asociada al jabón, una práctica hoy aconsejada por todos.

Sobre esta cuestión, la del lavado de manos, la Unesco reivindicaba hace unos días la figura del médico húngaro Ignác Fülöp Semmelweis, nombrándole personaje del año en 2015.

Semmelweis, a quien muchos llaman “el mártir del lavado de manos”, demostró hace 170 años que la falta de medidas higiénicas de los médicos transmitía enfermedades a sus pacientes.  Su defensa de la asepsia salvó vidas, pero hundió la suya. 

La pura observación bastó para el descubrimiento de Semmelweis. Llegado a Viena con vocación de abogado, la visión de una autopsia cambió su destino, dejando los estudios de abogacía por los de medicina.

En la década de 1840 trabajaba en el Hospicio General de Viena. Allí, descubrió que las mujeres que ingresaban para dar a luz tenían muchas más fiebres puerperales que las que alumbraban en sus casas. Lo vio y lo midió, siendo el resultado que un 30% de la mujeres que morían lo hacían en el Hospicio, mientras que el índice de mortalidad entre las mujeres que alumbraban en sus casa era de un 15%.

Semmelweis desarrolló su propia  teoría: aquellas mujeres que recibían más visitas de médicos y estudiantes —muchos de ellos recién salidos del quirófano de tratar a otros enfermos o de la sala de disección— enfermaban y morían más. Y se le ocurrió medir qué pasaba si sus compañeros se lavaban las manos al entrar en la sala de las mujeres que daban a luz. Una jofaina con agua y un jabón fueron suficientes: al obligar al personal a lavarse las manos, las infecciones se redujeron a menos del 10%. de las ingresadas. Semmelweis lo atribuyó a unos corpúsculos necrópsicos, los antecedentes de las bacterias de Pasteur y Koch apenas 20 años después. Las cifras habrían bastado para revolucionar la sanidad moderna, pero ese cambio tardó un par de décadas en llegar.

En vez de un homenaje, Semmelweis recibió un castigo por su trabajo. Su acusación velada de que eran los propios médicos los que enfermaban a sus pacientes no cayó nada bien. Fue despedido y sus técnicas se descartaron. Por poco tiempo, pues a los dos o tres años y con el cambio del equipo directivo del hospital, la asepsia que recomendaba Semmelweis se impuso.

Otro médico, en las mismas fechas que Semmelweis, pero esta vez en Estados Unidos, de nombre  Oliver Wendell Holmes, llegó a las mismas conclusiones que su colega húngaro.

Pero ni Semmelwei ni Wendel  se llevaron  la gloria por el descubrimiento que posiblemente haya salvado más vidas en el último siglo y medio. Wendell se hizo famoso como poeta. El reconocimiento fue para un británico, Joseph Lister, que en 1877 ejecutó la primera operación en condiciones antisépticas, irrigando con unos aspersores la zona quirúrgica. El trabajo tuvo repercusiones mundiales. Salvador Cardenal importó la técnica a España ya en 1880, y a América llegó casi a la vez.

¿Y Semmelweis? Tras trabajar en un hospital menor, pobre y desahuciado, acabó en un centro para enfermos psiquiátricos. En su último intento por demostrar su teoría —y ya con un principio de alzhéimer— se inyectó con un residuo de una necropsia. Se ocasionó una septicemia que lo mató. “Fue un mártir”, sentencia Josep Vaqué, en un artículo de el periódico El País, miembro de la Sociedad Española de Medicina Preventiva e Higiene Hospitalaria —y último Premio Semmelweis de esta sociedad-.

El reconocimiento le llegó tarde. En 1952, Louis-Ferdinand Cèline publicó una obrita, Semmelweis, en la que, en tono épico, lamentaba el final del médico. El prólogo define su legado: “Señaló a la primera los medios profilácticos que deben adoptarse contra la infección puerperal, con una precisión tal que la moderna antisepsia nada tuvo que añadir a las reglas que él había prescrito”. Solo tuvo que esperar a que otros dijeran lo mismo que él para que se le hiciera caso.

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