jueves 18.07.2019
Aquel souk al uard

El mercado de las flores

Grande es el cesto de los refranes. Hay uno que dice: "El que tuvo, retuvo", algo de cierto hay en todo eso. Los vestigios, sean de una civilización o cultura tienden a permanecer, a mantenerse en el tiempo, como si no quisieran marcharse, una suerte de fuerza protectora, que se resiste a formar parte del olvido. El mercado de las flores de Tánger es una muestra de todo eso. se resiste a morir, a pasar a la historia como si nunca existió. Y sigue luchando por permanecer. Y mientras tenga flores, seguirá viviendo, alimentándose de su propio pasado. Eso también es vida.

Mercado de las flores
Mercado de las flores

Frente al número 17 de la calle Fez, en pleno centro de Tánger, con entrada también por la calle Ibn Badis, se encuentra el llamado “Suk Al Uard” (mercado de las flores), también conocido como “ Suk Al Fransaui” (mercado francés). De tres plantas escalonadas, el mercado de las flores ya no sólo  es de las flores, sino también de un variopinto de abanico de productos y  servicios: Venta de animales domésticos, peces, pájaros, etc., forman una oferta que da para ver y conocer.

Cuentan que cuando Tánger gozaba de Estatuto Internacional el mercado de las flores era uno de los sitios más bullicioso de la ciudad, ya que el gusto por las flores formaba parte de la cultura social de aquellos días. Tanto para el hogar, como para eventos de empresa, sociales o bien para complementar  un rato de amor, todo el mundo visitaba el mercado de las flores. Diplomáticos y otros altos cargos de responsabilidad eran clientes asiduos del mercado de las flores, siempre acompañados por sus parejas y vestidos con sus mejores galas, pues cuentan que el lugar impregnaba de dulces aromas toda esa parte de la ciudad.

El mercado de las flores era el lugar en el que los sentidos encontraban motivo para aspirar y sentir sensaciones únicas. Un sitio mágico.

Hoy, el mercado de las flores sigue siendo el de las flores, pero también es  de otras muchas cosas. Aquellos olores que describen las crónicas ya no están; menos aún, aquellos vestidos de la época, sus coches y carrozas, tampoco se ven diplomáticos y otros cargos de rango superior.

Es un lugar de sensaciones extrañas, como si sus suelos y paredes lloraran el esplendor  perdido. En cada recoveco se asoma un quejido, un lamento casi imperceptible. Son las voces del pasado, de aquel mercado de las flores o mercado francés, que sólo era de las flores.

El mercado de las flores
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