lunes 16.09.2019
EDUCACIÓN, CICLOS TRUNCADOS

Ceuta, el fracaso de un sistema educativo

* El sistema educativo ceutí exige una revisión profunda en todos sus niveles...

Ceuta, el fracaso de un sistema educativo

El sistema educativo ceutí adolece del rigor necesario para cultivar un tipo de educación adecuado a la singularidad social de la ciudad.

Los datos sobre abandono y fracaso escolar son alarmantes y, sin embargo, los responsables concernidos resultan pusilánimes y sin capacidad para salir de un sistema plano y sumiso que no resuelve ninguno de los problemas que aquejan a la educación en Ceuta.

Algunos profesores han dejado patente que la calidad de un mismo curso no es la misma en todos los centros, sobre todo en aquellos que están en el extrarradio y, como no podía ser de otra manera, de mayoría musulmana. Es este colectivo el que más sufre los desaciertos de una Dirección Provincial que se mantiene  impertérrita ante una situación que desde muchos años exige soluciones de calado y que tengan como objetivo reducir los altos niveles de hastío que empuja a los alumnos ceutíes a dejar los estudios en una ciudad también aquejada y sumida en unos niveles de paro únicos en toda Europa.

El abandono y fracaso escolar no es la única nota desagradable para un equipo de directivos que no han entendido ni comprendido la situación de la ciudad, existen además, otro tipo de situaciones que se escapan al control y al discernimiento de quienes deberían velar por una calidad educativa adaptada a todos los estudiantes de Ceuta.

El sistema no  es que no disponga de los recursos humanos correspondientes para tratar situaciones singulares, sino que está en manos de personas sin una cualificación humana y de docencia suficientes para identificar y solucionar situaciones que aquejan a estudiantes que, sin ser vagos ni nada parecido, se encuentran con incapacidades de tipo físico y anímico que les impiden desarrollar sus estudios con normalidad. Se trata de alumnos que sufren en silencio sus problemas sin que nadie se ocupe de ellos o, cuando menos, que se acerque y se interese sobre lo que les atormenta y que no les deja avanzar junto a sus compañeros.

Hay casos como el de un alumno de tercero de la ESO, que repitió segundo y que por imperativo pasó a tercero. Un curso, el tercero, en el que durante todo el año sólo aprobaba educación física, suspendiendo todas las demás. Ahora, a la hora de recoger notas, se encuentra suspendido.

Es un alumno que sufre el síndrome de Klinefelter, una rara enfermedad que incide de forma directa en la capacidad de quien la sufre para memorizar textos. Pueden estar horas memorizando, pero de poco les sirve, pues su capacidad de retención es mínima, lo que una vez ante un examen es suspendo seguro.

La familia de este alumno, cuyos datos omitimos por deseo expreso de la familia, expuso ante los responsables educativos los problemas por los que atraviesa su hijo, ya conocidos en el colegio desde el cual salto a Instituto 7 Colinas.

En los escritos de la familia se advertía de la situación del muchacho, pidiendo en todo momento que se le adaptara algún tipo de sistema curricular que tuviera en cuenta su incapacidad, así como que no se le evaluara conforme a los estándares comunes, ya que su situación no lo permite.

La solución que se le ofreció al alumno es que “pensara” en otros “objetivos”, invitándole a que evaluara la posibilidad de la Formación Profesional Básica, de modo que se decidiera por albañilería, electricidad o mantenimiento de edificios.

Un sitio, el de la FPB, que fue definido por alguien cercano a quienes promueven su existencia como “el pozo al que se arroja a quienes requieren más atención de la debida”.

Hoy, ese alumno ha suspendido todas las materias. Todo un año perdido, más otro al repetir segundo, resultados que no pueden ser achacables en ningún momento al muchacho; antes bien, a un sistema y a unos responsables absolutamente incapaces para detectar y ofrecer soluciones a jóvenes que intentan encontrar en ellos no solo a las persona  que les cargan de deberes y les coaccionan con castigos, sino también una fuente receptiva que les ayude a reconducir la maraña de incertidumbres que acecha a todo adolescente.

Enseñar, educar, no puede circunscribirse a impartir clases y señalar deberes.  Quienes se dedican a la enseñanza deberían ofrecer a la sociedad a la que se deben, además de la formación correspondiente, una calidad fehaciente en cuanto a su calidad moral y de conciencia, pues sin estos dos requisitos difícilmente podrán construir hombres y mujeres capaces para afrontar los retos de la sociedad en la que viven, así como aquellos otros que tienen que ver con ellos mismos, con su naturaleza y singularidad, condición que les hace únicos y diferentes entre sí.

El fracaso de este muchacho con síndrome de Klinefelter también lo es de toda la sociedad en la que le ha tocado vivir, sin embargo, si hay que señalar a un culpable directo, ese no es otro que el sistema que se le adjudicó para hacer de él un hombre capaz, un sistema defectuoso e inoperante, promovido y sustentado por personas incapaces y cuya desorientación produce aún mayor dolor en quienes sufren sus consecuencias.  Se trata de una vida truncada, de una situación que podría haberse evitado, pero no fue así, y la consecuencia es que un alumno queda en situación de máxima vulnerabilidad, como tantos otros, con problemas también no identificados ni solucionados, lo que redundará en un déficit social que afecta a todos.

El caso de este muchacho se habría corregido con gran eficacia en países como Irlanda, por citar un país que se preocupa y se anticipa a los problemas de sus estudiantes, con sistemas muy avanzados, pero no estamos en Irlanda ni gozamos de profesorado de tan alta estima.

El fracaso de este muchacho es también el fracaso de quien es inocente ante quienes alientan su derrota.

Ceuta, el fracaso de un sistema educativo
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